Las Guerras Napoleónicas y la Guerra de la Independencia
La posición de España en el sistema de alianzas europeo de finales del siglo XVIII quedó condicionada por su alineamiento con la Francia revolucionaria y, tras la Paz de Basilea (1795), por el Tratado de San Ildefonso (1796), que vinculó a la monarquía española a la política exterior francesa frente a Gran Bretaña. Esta subordinación estratégica tuvo un coste inmediato: la derrota naval de la flota combinada franco-española en el cabo de Trafalgar (21 de octubre de 1805) supuso la pérdida de buena parte de la capacidad naval española y comprometió gravemente la comunicación con los territorios americanos, ya sometidos a un bloqueo británico intermitente desde 1796.
La crisis política interna se precipitó con el Motín de Aranjuez (marzo de 1808), que forzó la abdicación de Carlos IV en favor de su hijo Fernando VII. Napoleón Bonaparte aprovechó la disputa dinástica para convocar a ambos monarcas en Bayona, donde Fernando VII devolvió la corona a su padre y este, a su vez, la cedió a Napoleón (abdicaciones de Bayona, mayo de 1808). José I Bonaparte fue proclamado rey de España, lo que generó un vacío de legitimidad que las autoridades tradicionales no reconocieron.
El levantamiento popular del 2 de mayo de 1808 en Madrid marcó el inicio de la Guerra de la Independencia (1808-1814), un conflicto en el que confluyeron la resistencia guerrillera, el ejército regular español, las fuerzas anglo-portuguesas al mando de Arthur Wellesley (posterior duque de Wellington) y el Grand Armée francés. La guerra tuvo un carácter dual: fue simultáneamente un conflicto de liberación nacional y un teatro secundario de las guerras napoleónicas europeas, vinculado a los frentes de Europa central. Las Cortes de Cádiz, reunidas desde 1810 bajo asedio francés, promulgaron la Constitución de 1812, que estableció por primera vez en España el principio de soberanía nacional, aunque su vigencia efectiva fue limitada e intermitente durante las décadas siguientes.
El Tratado de Valençay (diciembre de 1813) restituyó el trono a Fernando VII, y la derrota francesa culminó con la batalla de Vitoria (junio de 1813) y la retirada de las tropas napoleónicas del territorio peninsular. El conflicto dejó una economía exhausta, infraestructuras dañadas y un colapso del comercio atlántico que había sido, hasta entonces, uno de los pilares de la hacienda real, al interrumpirse de forma prolongada las rutas comerciales entre la metrópoli y sus posesiones americanas.